Aumenta la presión de los destinos turísticos hacia las áreas protegidas

En la provincia de Neuquén el turismo como actividad económica se concentra fuertemente en paisajes cordilleranos y de alta naturalidad. A su vez, gran parte de los destinos turísticos se encuentran cercanos o dentro de áreas protegidas provinciales o nacionales (Parques Nacionales Lanín y Nahuel Huapi; Parques Provinciales Copahue, Tromen, Batea Mahuida, Chañy).

Las áreas protegidas tienen como objetivo principal la conservación de características, formas y procesos indispensables para la salud de nuestra sociedad y el desarrollo del turismo, ya que brindan paisajes y recursos sin los cuales probablemente no se producirían los desplazamientos de contingentes.

El crecimiento a veces desmedido y desorganizado del turismo impacta sobre los ecosistemas y los recursos naturales, generando problemáticas difíciles de resolver. Los destinos de montaña, como San Martín de los Andes, Junin de los Andes, Villa la Angostura, Pehuenia o Caviahue crecen, aumenta su población y la urbanización del espacio, la presión de uso sobre los atractivos, la generación de basura, la presencia de animales domésticos asilvestrados, el pisoteo de renovales, los incendios accidentales (como en Moquehue), la caza de especies silvestres y otras tantas situaciones conflictivas en la relación entre la naturaleza y la sociedad que vive del turismo o disfruta de él.

La base del problema

Las actividades económicas actuales suelen ver en los espacios naturales una fuente de recursos a ser “explotados” en función de la lógica de mercado. El problema es que esta lógica no contempla los tiempos ecológicos reproductivos o de recuperación de equilibrios de los ecosistemas. El turismo no escapa a esta realidad, y las empresas y prestadores de servicios turísticos buscan incrementar sus ganancias, ampliando la oferta de servicios y actividades en espacios naturales y dentro de las áreas protegidas.

Los administradores de las áreas protegidas, entonces, trabajan para equilibrar el cumplimiento de sus objetivos de conservación con la satisfacción de una demanda de turistas y recreacionistas cada vez mayor. El uso público que, aunque puede repercutir en un beneficio económico desde el sector turístico, intensifica la degradación y pérdida de naturalidad de los ecosistemas de los parques.

Las causas del problema pueden buscarse en varios niveles. Desde las tendencias consumistas de nuestra cultura a la falta de criterio de una persona que arroja basura. Entre estos extremos se encuentra la dificultad de que los gobiernos destinen a la protección de sus áreas naturales el presupuesto necesario, que inviertan en capacitación y desarrollo del conocimiento para mejorar las políticas de conservación y uso adecuado de los recursos, la imposibilidad manifiesta de que los prestadores de servicios, en contacto directo con los recursos, sean concientes de la necesidad de disminuir los impactos negativos; que los hoteleros construyan adecuándose al paisaje, que los inversores prevean medidas de mitigación de impacto y tratamiento de desechos, que los guías locales utilicen adecuadamente los senderos y que los grupos vuelvan de las excursiones con su basura.

En el ámbito turístico profesional se suele expresar que las áreas protegidas, desde una visión económica, pueden ser entendidas como destinos turísticos en búsqueda de competitividad en el mercado. Este modo de ver la función del área protegida implica una posición filosófica sobre la que es necesario profundizar. ¿Son las áreas protegidas destinos turísticos? ¿O tenemos que hablar de destinos turísticos dentro de áreas protegidas?

Esto, que parece ser una cuestión semántica, encierra una parte importante del problema que se pretende resolver. Un área protegida, pensada como un destino que desea salir a competir en el mercado, toma sus decisiones en base a esa racionalidad de mercado y utiliza sus recursos para satisfacer a un cliente en busca de placer.

Un área protegida, cuyo principal objetivo es conservar un sistema de recursos naturales y, dentro de la cual existe una población que presta servicios turísticos, debe planificar su futuro de un modo diferente. Es necesaria una articulación muy estrecha y prolija entre los administradores del área y los administradores del turismo. El turismo puede cumplir un rol importante dentro de ese objetivo de conservación, pero no puede convertirse en la razón de ser del área protegida.

¿Puede lograrse un equilibrio entre la conservación y el turismo?

Existe en la actualidad una tendencia a promocionar actividades turísticas de bajo impacto y con alto contacto con la naturaleza. Actividades en grupos reducidos y con alta estima por los recursos naturales. Asimismo, el turismo se avizora como una excelente alternativa para generar conciencia en los visitantes y para educar poblaciones, generando al mismo tiempo recursos económicos para la conservación.

Ahora bien, pese a estas nuevas tendencias de la actividad y de las buenas intenciones de aquellos que estudiamos el tema y de las organizaciones que protegen los recursos naturales, la realidad de la norpatagonia muestra que todavía queda mucho por trabajar si se pretende que la relación entre el turismo y la conservación sea positiva. Dado el nivel de crecimiento del turismo, hoy es casi utópico pensar en disminuir el volumen de visitantes a las áreas protegidas. Es, por tanto, imprescindible que se comiencen a articular acciones, mejorar usos, controlar, para que el turismo ayude a desarrollar a las poblaciones de los destinos, transformándose también en una herramienta de conservación de los recursos naturales.

Cada temporada, la dinámica propia del uso turístico y las inversiones genera cambios y desnuda nuevas problemáticas. Los agentes encargados de la gestión de la conservación y el desarrollo deben buscar alternativas de articulación y gestión de conflictos más dinámicas, que sean contempladas en los planes de desarrollo y manejo. Estas propuestas deben incluir a la comunidad local.

El sistema de áreas protegidas de la provincia de Neuquén necesita ser más eficiente y eficaz, descentralizando la planificación y toma de decisiones. Esto no se refiere exclusivamente a la descentralización administrativa, sino también a un cambio de visión, adaptando la institucionalidad para permitir la participación, y modernizando el proceso de toma de decisiones, compartiéndolo con otros niveles de gobernanza, como el municipal.

La descentralización junto al manejo participativo garantizarán la capacidad de respuesta de la institución, y permitirán obtener una mirada local, reconociendo las problemáticas y necesidades de los pobladores.

*Juan Manuel Andrés. Magister en Desarrollo y Gestión del Turismo. Docente Investigador del Grupo Recreación y Turismo en Conservación, de la Facultad de Turismo, Universidad Nacional del Comahue. Presidente mandato cumplido del Colegio de Profesionales del Turismo de la Provincia del Neuquén.